Nuevamente nos encontramos,
Letelier. Sí, como ya es costumbre cobardemente volvemos a encontrarnos en
las trincheras de las letras para no tener que vernos ni la sombra. Ni te
emociones, sabes bien que vengo a dar la cara por aquello que me dijiste
hace unos meses, “La soledad, Marcela, es una cruz que cargamos los dos”. Tengo
que confesar que por un momento, bellísimo por cierto, llegué a creer que en
esta ocasión estarías equivocado. No te eches a reír ni me mires con esa mueca,
tanto tú como yo sabíamos que el habernos dejado tendría sus consecuencias, y
bien, así como yo te hice mierda a ti dejándote, me hicieron mierda a mí
ahora. (Aquí ya te puedes echar a reír)
¿Sabes? Te pienso mucho en estos últimos días, me gusta imaginarte en tu cama,
con cerveza en mano relamiéndote los bigotes al ver cómo me dejaron. No me da
coraje, supongo que a veces la vida como el fútbol, también da revanchas y esa
fue la tuya.
¿Ya vas a empezar? Si ya sabes
que no sé escribir, y sí, ya sé que encontraste, como es tu pinche costumbre
desde el primer párrafo mil faltas de ortografía, de gramática y de no sé qué
más, pero te pido que por esta vez, hagas un intento y me leas de corrido sin
distraerte por mis errores de sintaxis.
Resulta ser, querido Diego,
que en sueños y malviajes me he reunido con ciertas personas de tu vida, o de
tu infierno como tú le llamas (el cual por cierto ya te queda chico) y no sabes
qué cosa más terrible me encontré ahí. Resulta ser que vi a todas tus mujeres,
musas, damas de compañía o como quieras llamarles; tristes, tiradas en el piso,
muy flacas esperando un poquito de la compasión de tu tinta, (diría teclado,
pero tú eres de esos que aman la vieja usanza y siguen utilizando papel y
lápiz). Algunas se encontraban soplando con un abanico el gran fuego, muy al
estilo de Jim Morrison, que supiste prender pero nunca apagar. A decir
verdad reí mucho al ver que otras cuantas ya están casadas y hasta con varios
hijos y tú sigues sin darles su libertad, vamos Letelier, un poquito de respeto
ante el santo sacramento no le va mal a nadie. Otras más ingenuas y jóvenes,
esperando cual entrada al antro de moda por un pase a tu maravillosa vida de
casino, pobres morras no saben ni lo que les espera.
Apenas asomo la nariz y todas
se quedan heladas, muchas corren por un espejo que guardan en su bolso roído y
se empolvan la nariz vanidosamente para ocultar los arrugas que han ganado por
la mala vida que les das, dos o tres se me acercaron muy pinches alzaditas,
echándome en cara sus perfectos senos desnudos y sus espaldas bien torneadas.
Otras estaban amarradas mientras lamían sus heridas; algunas más hacían orgías
en tu honor pero tenían tantas llagas que apenas y podían moverse, unas más
lloraban en los rincones y gritaban tu nombre, pero todas, todas y cada una al
verme bajaban la mirada y me abrían paso. Me reconocen, de eso no hay duda, y
no es para menos, después de todos estos años ellas pudieron pasearse entre las
hojas de tu libreta pero ninguna, más que yo, se quedó a dormir en ella. La
verdad es que yo entro cual dueña del Casino, muy digna y con la ceja alzada,
ni siquiera recuerdo cuántas manos pisé con mis tacones de aguja al entrar
caminando y es que yo no tenía por qué arrastrarme ni lamentarme porque ese
maravilloso infierno al final yo también lo construí ¿no? O qué, ¿me vas a
venir a decir que ese emporio de miseria lo construiste tu solo? No cariño, yo
también me chingué.
Nuestra relación, lo sabes, no
daba para más, habíamos intentado ya de todo, desde limpias esotéricas hasta
sacrificios humanos, sin embargo, te la has pasado escribiendo por todos lados
que fui una ingrata y que te debo mucho, y pues no, nada tienes que reprocharme
ni yo a ti, ambos siempre fuimos muy egoístas y nunca pudimos ver más allá de
nuestras narices (y eso que las tenemos grandes). Debo decirte que me enseñaste
a luchar y eso no se aprende en ningún otro lado, y yo, yo quiero pensar que te
enseñé que en las historias no siempre hay un asesino, que a veces toca morir.
Si te cuento toda la verdad, a veces te extraño porque recuerdo con nostalgia,
que es diferente a con cariño, todas aquellas veces que soñamos un imposible
parecido al amor.
Seguramente dirás ¿y a mí qué,
Marcela?, yo ya te olvidé, soy viudo desde el día que te fuiste, me paseo como
gato en celo por los tejados y jamás he sido tan feliz como ahora que te veo
jodida. Y no te creas, lo sé, pero no puedo evitar pensar que te debo aunque
sea unas palabras, pues como dice Chavela, uno debe despedirse insensiblemente
de pequeñas cosas. La verdad es que jamás pensé que bajaría a tu infierno, tú
siempre me tuviste prohibido asistir a ese casino, decías que ese lugar tan
tuyo donde tenías presas a tus musas no era lugar para mí, pero llegaron hasta
el cuarto mío las quejas del arrabal y decidí bajar a darles un vistazo, yo ya no
podía dormir con esas lágrimas goteando encima de mí.
Decidí cambiar un par de
fichas, probar suerte y jugar en una de las mesas de aquel infierno pero de
repente una campana empezó a sonar y todas corrieron, incluso la crupier que me
estaba repartiendo una muy mala, por cierto, mano de baraja, aventó todo y
angustiada se dirigió a una sala. Yo estaba muy tentada en recoger las fichas
de la mesa, cobrar y largarme pero la sinceridad es enemiga del ganador así que
dejé todo ahí, tome una ficha dorada que dejó caer al huir y decidí seguirla.
Girando la ficha en el aire
caminé con calma hasta entrar a la sala completamente negra y fría, del fondo
salió una mujer que no conozco y por más que trato de recordar aquel desliz
tuyo que le diera rostro a esa fémina, la verdad es que esta sí me la tenías
bien escondida. Una vez que se reunieron casi todas ella empezó una especie de
junta, lo usual ya sabes, pase de lista, cuórum suficiente, inicia la sesión.
La tipa empezó a repartirles pedazos de letras en papel amate y todas corrían
desesperadas a recogerlas cual perros cuando el carnicero les echa las sobras
para sobrevivir. Al poco rato empezaron a tratarse otros temas, la formación,
por ejemplo de un sindicato que les otorgara un seguro de desempleo, porque
debes saber que con este gobierno hasta las musas sufren de crisis, se habló de
su próximo aguinaldo, sus prestaciones e hicieron la petición de seguro de
gastos médicos mayores porque a todas les dolía el apéndice y tú y yo sabemos
cómo acaba esa historia. Al poco tiempo, cual reunión de alcohólicas anónimas
empezaron a contar sus penas una por una. La verdad cariño es que yo moría de
risa, no es que sea una insensible (o sí) pero
para nada me daban lástima, al contrario, me daba gusto que se
retorcieran y lamentaran pero después de
escuchar durante varios minutos que se me hicieron horas la manera en cómo las
trataste y abandonaste cruelmente, me paré de la silla en donde estaba (procurando
no tambalear con los tacones) y grité: ¡La culpa es suya y de nadie más por
haberle hecho creer que lo que les hizo estaba permitido! Si tú o a lo mejor tú,
dije señalando a las primeras que mis ojos vieron, le hubieran puesto un hasta
aquí al toro que tenían por novio, ninguna de ustedes, de nosotras, dije
tragando saliva, sería la protagonista de sus historia de miseria y podríamos en
cambio ser musas de las más bellas cartas de amor o hasta versos de algún novio
poeta.
Volviendo a “lo nuestro” (me
disculpo, no encontré otra palabra) agradezco que estos días en los que te he
pensado por la pena que me acoge me recordaras de dónde vengo y hacia dónde
voy, estos días ha vuelto a mí la mirada de pocos amigos que te desprecian en
el acto en el que sus dedos truenan y dice: el que sigue. Pero pese a esta
desilusión, quisiera dejar unas cosas claras, quiero que sepas que pese a todo
con él fuiste un poco duro, la verdad es que Manuel, por así llamarlo, aunque
también podríamos decirle Estaban que es un nombre más dulce, era todo menos el
oficinista que tú te empeñaste en descalificar, yo te entiendo, estabas furioso
y no podías soportar la idea de que alguien que estaba acostumbrado a dejar a
sus parejas llorando ahora lo dejaran llorando a él, también entiendo que no es
bueno que un hombree pelee solo estando tan loco, estando tan sobrio, pero te
equivocaste porque en realidad él era, sí, era, un buen muchacho. ¡No! ¡No
Letelier! Él no es un hijo de puta más que rompió mi corazón en mil pedazos. ¡Bueno
sí! ¡Bueno no! ¡Bueno a ti qué chingados te importa!. Discúlpame, pero como
comprenderás, ése sigue siendo un tema delicado. Sí fue un hijo de puta, pero
no quiero que te enteres, entonces fingiré ¿estamos? Diré por ejemplo que me
quiso como ya no se estila en estos tiempos, desde un inicio me conquistó, me
dio mi tiempo, mi espacio, después poco a poco intentó convencerme de las
ventajas de tenerle. Los detalles no faltaron, ya sabes, las cartas de amor,
las serenatas, las flores y las canciones al oído todas las noches. Te mentiré
y diré que me preparaba un té de lavanda exquisito, sin mucha leche y sin mucha
azúcar. Su madre, un verdadero ángel, me trató como a una hija y siempre tuvo
abrazos sinceros y buenas intenciones. Su padre y yo veíamos todos los domingos
el americano y platicábamos hasta de la mala racha de Benfica. También es
mentira que todas mis amigas lo adoraban y que era un caballero con cada una de
ellas. Tampoco te diré que todos los días agradecía a la vida por tan buen
hombre que me besaba y me hacía sentir como la única mujer de su vida. Mis
familia qué te digo, no podían creer tanta maravilla. Tranquilo no bosteces,
que ya sé que a ti esto ni te viene ni te va, pero lo saco a colación debido a
que recibí un comunicado donde dices que no te dolió nuestra separación y que
fue un placer el haberme despedido de tu vida, pero yo no soy ninguna novata
cariño, y tampoco conozco a nadie que mienta con la misma pasión desmedida que
tú, con tal experiencia que hasta el diablo, único amigo que te queda, sigue
creyendo en tus palabras.
Pero bueno, después de
gritarles a las desdichadas lo absurdas que fueron, la crupier se acercó a mí
me tomó de la mano y me dijo que me retirara si no quería meterme en problemas.
Mira, le dije, esta es mi historia y me voy cuando yo quiera, así que sigue
sonriendo y sírveme otra copa que quiero emborrachar mi corazón. La verdad es
que hasta ese momento sentí un poco de lástima, tantos años habían pasado ya y
tú seguías empeñado en mantenerlas ahí, con qué fin, Letelier, dime, ¿no hubiera
sido más fácil seguir adelante con tu vida y dejar a esas musas en brazos de
otro escritor? Debiste devolverles a tiempo el amor que les arrebataste y
déjalas ir. Demandar besos ya pasó de moda y ahora los corazones podridos de tanto
latir buscan nuevas historias.
En tu comunicado, pulcramente
escrito, debo añadir, dijiste además que hubieras preferido que yo acabara con
un perdedor menos del tipo de Manuel y más del tuyo, pues escucha bien lo que
te voy a decir él no es mejor que tú. Sin embargo, para mi mala fortuna, el
resultado al final fue el mismo, ninguno de los dos me quiso. No, no pongas esa
cara que no estoy haciendo ningún drama, al contrario, estoy dándote la razón,
mujeres como yo, no sirven para amores.
Terminada su junta regresé a
la mesa y le ofrecí a la crupier la ficha dorada, debiste ver qué cara puso, al
parecer, esas daban un poco de suerte extra. Ante tal oferta decidí jugarme el
todo por el todo, me fue tan bien que empecé a ganarle a la casa y todas tus
mujeres iban ganando confianza y se acercaban a la mesa para ver cómo iba a
dejar en banca rota al que las encerró en ese lugar, yo festejaba y me burlaba
¡Tragos para todas si gano esta mano! ¡21 otra vez, Letelier! ¿Puedes creerlo? ¡21!
Finalmente la jefa del casino, aquella que no pude reconocer se acercó a mí y sensualmente
me dijo:
-Te haré una oferta que no
podrás rechazar.
-Soy toda oídos, contesté. Dicho esto sacó una nueva baraja, pidió a la
crupier le quitara el abrigo y se retirara. Al momento de repartir las cartas
yo no podía dejar de pensar quién era esta mujer y por qué estaba tan
interesada en defenderte, de repente pude observar cómo se asomaban sus senos
sudorosos a través de la blusa ajustada que llevaba y vi cómo su pecho estaba
dañado por pequeñas cicatrices. Pobre –pensé- deben dolerle mucho. Al darse
cuenta que la observaba se bajó la blusa un poco más y sonrió de lado como si
pareciera no importarle, dijo entonces que jugaríamos ella yo únicamente.
-¿Qué apostaremos? pregunté.
-La casa -dijo ella mientras
me guiñaba un ojo-. Si ganas, todas estas mujeres tendrán la libertad de irse
con cualquier escritor que quieran, pero si pierdes, estarán condenadas y no
saldrán del infierno jamás.
-Bien, ¿Qué jugaremos?
Sonrió y repartió la baraja,
yo sabía que seguiríamos jugando Black Jack pero algo me decía que perdería
todo, ambas sudábamos y nos mirábamos a los ojos, la tensión se podía cortar
con un cuchillo, la suerte estaba echada, sin embargo decidí pedir una carta
más.
Sabes Letelier, tu y yo jamás
hubiéramos funcionado como pareja, es cierto, sí, compartíamos muchísimas cosas
en común, el amor a la patria y el odio a la indiferencia, cualidades poco
vistas en esta época. Y ya entrados en
asuntos, fíjate que sí hubiera preferido terminar con un perdedor como tú,
porque de los dos al menos tú jamás mentiste, tú fuiste un hijo de puta todo el
tiempo, pero él no. Y de ser abandonada por un pedazo de cabrón como tú a ser
abandonada por un mentiroso caballero como él, Letelier, amor mío, me quedo
contigo.
-¡Black Jack! La casa pierde,
todas ganan.

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