jueves, 24 de octubre de 2013

Fallaste corazón, no vuelvas a apostar




Nuevamente nos encontramos, Letelier. Sí, como ya es costumbre cobardemente volvemos a encontrarnos en las trincheras de las letras para no tener que vernos ni la sombra. Ni te emociones, sabes bien que vengo a dar la cara por aquello que me dijiste hace unos meses, “La soledad, Marcela, es una cruz que cargamos los dos”. Tengo que confesar que por un momento, bellísimo por cierto, llegué a creer que en esta ocasión estarías equivocado. No te eches a reír ni me mires con esa mueca, tanto tú como yo sabíamos que el habernos dejado tendría sus consecuencias, y bien, así como yo te hice mierda a ti dejándote, me hicieron mierda a mí ahora.  (Aquí ya te puedes echar a reír) ¿Sabes? Te pienso mucho en estos últimos días, me gusta imaginarte en tu cama, con cerveza en mano relamiéndote los bigotes al ver cómo me dejaron. No me da coraje, supongo que a veces la vida como el fútbol, también da revanchas y esa fue la tuya.

 

¿Ya vas a empezar? Si ya sabes que no sé escribir, y sí, ya sé que encontraste, como es tu pinche costumbre desde el primer párrafo mil faltas de ortografía, de gramática y de no sé qué más, pero te pido que por esta vez, hagas un intento y me leas de corrido sin distraerte por mis errores de sintaxis.

 

Resulta ser, querido Diego, que en sueños y malviajes me he reunido con ciertas personas de tu vida, o de tu infierno como tú le llamas (el cual por cierto ya te queda chico) y no sabes qué cosa más terrible me encontré ahí. Resulta ser que vi a todas tus mujeres, musas, damas de compañía o como quieras llamarles; tristes, tiradas en el piso, muy flacas esperando un poquito de la compasión de tu tinta, (diría teclado, pero tú eres de esos que aman la vieja usanza y siguen utilizando papel y lápiz). Algunas se encontraban soplando con un abanico el gran fuego, muy al estilo de Jim Morrison, que supiste prender pero nunca apagar. A decir verdad reí mucho al ver que otras cuantas ya están casadas y hasta con varios hijos y tú sigues sin darles su libertad, vamos Letelier, un poquito de respeto ante el santo sacramento no le va mal a nadie. Otras más ingenuas y jóvenes, esperando cual entrada al antro de moda por un pase a tu maravillosa vida de casino, pobres morras no saben ni lo que les espera.

 

Apenas asomo la nariz y todas se quedan heladas, muchas corren por un espejo que guardan en su bolso roído y se empolvan la nariz vanidosamente para ocultar los arrugas que han ganado por la mala vida que les das, dos o tres se me acercaron muy pinches alzaditas, echándome en cara sus perfectos senos desnudos y sus espaldas bien torneadas. Otras estaban amarradas mientras lamían sus heridas; algunas más hacían orgías en tu honor pero tenían tantas llagas que apenas y podían moverse, unas más lloraban en los rincones y gritaban tu nombre, pero todas, todas y cada una al verme bajaban la mirada y me abrían paso. Me reconocen, de eso no hay duda, y no es para menos, después de todos estos años ellas pudieron pasearse entre las hojas de tu libreta pero ninguna, más que yo, se quedó a dormir en ella. La verdad es que yo entro cual dueña del Casino, muy digna y con la ceja alzada, ni siquiera recuerdo cuántas manos pisé con mis tacones de aguja al entrar caminando y es que yo no tenía por qué arrastrarme ni lamentarme porque ese maravilloso infierno al final yo también lo construí ¿no? O qué, ¿me vas a venir a decir que ese emporio de miseria lo construiste tu solo? No cariño, yo también me chingué.

 

Nuestra relación, lo sabes, no daba para más, habíamos intentado ya de todo, desde limpias esotéricas hasta sacrificios humanos, sin embargo, te la has pasado escribiendo por todos lados que fui una ingrata y que te debo mucho, y pues no, nada tienes que reprocharme ni yo a ti, ambos siempre fuimos muy egoístas y nunca pudimos ver más allá de nuestras narices (y eso que las tenemos grandes). Debo decirte que me enseñaste a luchar y eso no se aprende en ningún otro lado, y yo, yo quiero pensar que te enseñé que en las historias no siempre hay un asesino, que a veces toca morir. Si te cuento toda la verdad, a veces te extraño porque recuerdo con nostalgia, que es diferente a con cariño, todas aquellas veces que soñamos un imposible parecido al amor.

 

Seguramente dirás ¿y a mí qué, Marcela?, yo ya te olvidé, soy viudo desde el día que te fuiste, me paseo como gato en celo por los tejados y jamás he sido tan feliz como ahora que te veo jodida. Y no te creas, lo sé, pero no puedo evitar pensar que te debo aunque sea unas palabras, pues como dice Chavela, uno debe despedirse insensiblemente de pequeñas cosas. La verdad es que jamás pensé que bajaría a tu infierno, tú siempre me tuviste prohibido asistir a ese casino, decías que ese lugar tan tuyo donde tenías presas a tus musas no era lugar para mí, pero llegaron hasta el cuarto mío las quejas del arrabal y decidí bajar a darles un vistazo, yo ya no podía dormir con esas lágrimas goteando encima de mí.

 

Decidí cambiar un par de fichas, probar suerte y jugar en una de las mesas de aquel infierno pero de repente una campana empezó a sonar y todas corrieron, incluso la crupier que me estaba repartiendo una muy mala, por cierto, mano de baraja, aventó todo y angustiada se dirigió a una sala. Yo estaba muy tentada en recoger las fichas de la mesa, cobrar y largarme pero la sinceridad es enemiga del ganador así que dejé todo ahí, tome una ficha dorada que dejó caer al huir y decidí seguirla.

 

Girando la ficha en el aire caminé con calma hasta entrar a la sala completamente negra y fría, del fondo salió una mujer que no conozco y por más que trato de recordar aquel desliz tuyo que le diera rostro a esa fémina, la verdad es que esta sí me la tenías bien escondida. Una vez que se reunieron casi todas ella empezó una especie de junta, lo usual ya sabes, pase de lista, cuórum suficiente, inicia la sesión. La tipa empezó a repartirles pedazos de letras en papel amate y todas corrían desesperadas a recogerlas cual perros cuando el carnicero les echa las sobras para sobrevivir. Al poco rato empezaron a tratarse otros temas, la formación, por ejemplo de un sindicato que les otorgara un seguro de desempleo, porque debes saber que con este gobierno hasta las musas sufren de crisis, se habló de su próximo aguinaldo, sus prestaciones e hicieron la petición de seguro de gastos médicos mayores porque a todas les dolía el apéndice y tú y yo sabemos cómo acaba esa historia. Al poco tiempo, cual reunión de alcohólicas anónimas empezaron a contar sus penas una por una. La verdad cariño es que yo moría de risa, no es que sea una insensible (o sí) pero  para nada me daban lástima, al contrario, me daba gusto que se retorcieran y lamentaran pero  después de escuchar durante varios minutos que se me hicieron horas la manera en cómo las trataste y abandonaste cruelmente, me paré de la silla en donde estaba (procurando no tambalear con los tacones) y grité: ¡La culpa es suya y de nadie más por haberle hecho creer que lo que les hizo estaba permitido! Si tú o a lo mejor tú, dije señalando a las primeras que mis ojos vieron, le hubieran puesto un hasta aquí al toro que tenían por novio, ninguna de ustedes, de nosotras, dije tragando saliva, sería la protagonista de sus historia de miseria y podríamos en cambio ser musas de las más bellas cartas de amor o hasta versos de algún novio poeta.

 

Volviendo a “lo nuestro” (me disculpo, no encontré otra palabra) agradezco que estos días en los que te he pensado por la pena que me acoge me recordaras de dónde vengo y hacia dónde voy, estos días ha vuelto a mí la mirada de pocos amigos que te desprecian en el acto en el que sus dedos truenan y dice: el que sigue. Pero pese a esta desilusión, quisiera dejar unas cosas claras, quiero que sepas que pese a todo con él fuiste un poco duro, la verdad es que Manuel, por así llamarlo, aunque también podríamos decirle Estaban que es un nombre más dulce, era todo menos el oficinista que tú te empeñaste en descalificar, yo te entiendo, estabas furioso y no podías soportar la idea de que alguien que estaba acostumbrado a dejar a sus parejas llorando ahora lo dejaran llorando a él, también entiendo que no es bueno que un hombree pelee solo estando tan loco, estando tan sobrio, pero te equivocaste porque en realidad él era, sí, era, un buen muchacho. ¡No! ¡No Letelier! Él no es un hijo de puta más que rompió mi corazón en mil pedazos. ¡Bueno sí! ¡Bueno no! ¡Bueno a ti qué chingados te importa!. Discúlpame, pero como comprenderás, ése sigue siendo un tema delicado. Sí fue un hijo de puta, pero no quiero que te enteres, entonces fingiré ¿estamos? Diré por ejemplo que me quiso como ya no se estila en estos tiempos, desde un inicio me conquistó, me dio mi tiempo, mi espacio, después poco a poco intentó convencerme de las ventajas de tenerle. Los detalles no faltaron, ya sabes, las cartas de amor, las serenatas, las flores y las canciones al oído todas las noches. Te mentiré y diré que me preparaba un té de lavanda exquisito, sin mucha leche y sin mucha azúcar. Su madre, un verdadero ángel, me trató como a una hija y siempre tuvo abrazos sinceros y buenas intenciones. Su padre y yo veíamos todos los domingos el americano y platicábamos hasta de la mala racha de Benfica. También es mentira que todas mis amigas lo adoraban y que era un caballero con cada una de ellas. Tampoco te diré que todos los días agradecía a la vida por tan buen hombre que me besaba y me hacía sentir como la única mujer de su vida. Mis familia qué te digo, no podían creer tanta maravilla. Tranquilo no bosteces, que ya sé que a ti esto ni te viene ni te va, pero lo saco a colación debido a que recibí un comunicado donde dices que no te dolió nuestra separación y que fue un placer el haberme despedido de tu vida, pero yo no soy ninguna novata cariño, y tampoco conozco a nadie que mienta con la misma pasión desmedida que tú, con tal experiencia que hasta el diablo, único amigo que te queda, sigue creyendo en tus palabras.

 

Pero bueno, después de gritarles a las desdichadas lo absurdas que fueron, la crupier se acercó a mí me tomó de la mano y me dijo que me retirara si no quería meterme en problemas. Mira, le dije, esta es mi historia y me voy cuando yo quiera, así que sigue sonriendo y sírveme otra copa que quiero emborrachar mi corazón. La verdad es que hasta ese momento sentí un poco de lástima, tantos años habían pasado ya y tú seguías empeñado en mantenerlas ahí, con qué fin, Letelier, dime, ¿no hubiera sido más fácil seguir adelante con tu vida y dejar a esas musas en brazos de otro escritor? Debiste devolverles a tiempo el amor que les arrebataste y déjalas ir. Demandar besos ya pasó de moda y ahora los corazones podridos de tanto latir buscan nuevas historias.

 

En tu comunicado, pulcramente escrito, debo añadir, dijiste además que hubieras preferido que yo acabara con un perdedor menos del tipo de Manuel y más del tuyo, pues escucha bien lo que te voy a decir él no es mejor que tú. Sin embargo, para mi mala fortuna, el resultado al final fue el mismo, ninguno de los dos me quiso. No, no pongas esa cara que no estoy haciendo ningún drama, al contrario, estoy dándote la razón, mujeres como yo, no sirven para amores.

 

Terminada su junta regresé a la mesa y le ofrecí a la crupier la ficha dorada, debiste ver qué cara puso, al parecer, esas daban un poco de suerte extra. Ante tal oferta decidí jugarme el todo por el todo, me fue tan bien que empecé a ganarle a la casa y todas tus mujeres iban ganando confianza y se acercaban a la mesa para ver cómo iba a dejar en banca rota al que las encerró en ese lugar, yo festejaba y me burlaba ¡Tragos para todas si gano esta mano! ¡21 otra vez, Letelier! ¿Puedes creerlo? ¡21! Finalmente la jefa del casino, aquella que no pude reconocer se acercó a mí y sensualmente me dijo:

-Te haré una oferta que no podrás rechazar.

-Soy toda oídos, contesté.  Dicho esto sacó una nueva baraja, pidió a la crupier le quitara el abrigo y se retirara. Al momento de repartir las cartas yo no podía dejar de pensar quién era esta mujer y por qué estaba tan interesada en defenderte, de repente pude observar cómo se asomaban sus senos sudorosos a través de la blusa ajustada que llevaba y vi cómo su pecho estaba dañado por pequeñas cicatrices. Pobre –pensé- deben dolerle mucho. Al darse cuenta que la observaba se bajó la blusa un poco más y sonrió de lado como si pareciera no importarle, dijo entonces que jugaríamos ella yo únicamente.

-¿Qué apostaremos? pregunté.

-La casa -dijo ella mientras me guiñaba un ojo-. Si ganas, todas estas mujeres tendrán la libertad de irse con cualquier escritor que quieran, pero si pierdes, estarán condenadas y no saldrán del infierno jamás.

-Bien, ¿Qué jugaremos?

Sonrió y repartió la baraja, yo sabía que seguiríamos jugando Black Jack pero algo me decía que perdería todo, ambas sudábamos y nos mirábamos a los ojos, la tensión se podía cortar con un cuchillo, la suerte estaba echada, sin embargo decidí pedir una carta más.  

 

Sabes Letelier, tu y yo jamás hubiéramos funcionado como pareja, es cierto, sí, compartíamos muchísimas cosas en común, el amor a la patria y el odio a la indiferencia, cualidades poco vistas en esta época. Y ya entrados en asuntos, fíjate que sí hubiera preferido terminar con un perdedor como tú, porque de los dos al menos tú jamás mentiste, tú fuiste un hijo de puta todo el tiempo, pero él no. Y de ser abandonada por un pedazo de cabrón como tú a ser abandonada por un mentiroso caballero como él, Letelier, amor mío, me quedo contigo.

 

-¡Black Jack! La casa pierde, todas ganan.

 

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